El champú político; Karim Quiroga

Durante las elecciones, se ofrece el catálogo de candidatos con sus promesas al desempleo, la paz, la dignidad humana, la educación, la salud, las pensiones, temas sensibles que se convierten en el estribillo de su discurso político, la gente “selecciona” o escoge a su candidato de acuerdo a compromisos políticos que casi siempre legitiman el statu quo, eso quiere decir, más de lo mismo, lo acabamos de ver en Venezuela y en Rusia. A estas alturas, está comprobado que los candidatos y luego gobernantes no responden a los intereses de la comunidad que los eligió sino en defender y crear una estructura que blinde su permanencia en el poder. Más aun, eligen  o señalan a sus sucesores, caso Chávez -  Maduro, Caso Castro – Castro; Clinton – Clinton (Por ejemplo), Kirchner – Fernández de  Kirchner... Subidos en el poder inicia el juego de la legitimidad que adecuan  a su conveniencia. Dejando atrás el discurso que prometieron en campaña e invirtiendo grandes sumas en campañas de continuidad de su propaganda política indefinidamente, y de desprestigio a sus detractores. Los grandes perjudicados de esta estructura del poder son los niños, los jóvenes, los ancianos, las mujeres, las clases medias y bajas y los recursos naturales.

Por estos días, en Bucaramanga, se talaron más de cien árboles para culminar un denominado “elefante blanco” luego de ocho años en los que el proyecto civil estuvo detenido por acciones tutelares instauradas por la comunidad educativa y Ricardo Pinto, padre de familia. Los árboles ya no serán parte del paisaje porque ahora habrá una plazoleta con pasto japonés y prometieron la siembra de otras especies “naturales”.  Algunos de esos árboles tenían más de cien años, contaban con código de barras, y estaban identificados.

David Carvajal, activista ecológico 

Un joven ambientalista, David Carvajal Guerrero, en medio de su desesperación por la tala inminente, se subió a uno de los árboles que quedaban en pie y aseguró que solo se bajaría de allí si detenían la ejecución de la obra. Luego de varios días, el estudiante descendió del árbol por su propia cuenta, no sin antes firmar una carta de negociación en donde la administración municipal prometía reparaciones y arreglos en beneficio de la escuela, así mismo, la no detención del estudiante ni retaliaciones contra la comunidad académica, entre otras.  

El ejercicio, evidencia la falta y ausencia total de conciencia ciudadana y social al no tener en cuenta otras opciones de diseño amigables y sostenibles con el medio ambiente; como de la pasividad de la comunidad en “dejar las cosas así” y “esos árboles se pueden reemplazar sembrando otros”. Los gobernantes suscribieron en su momento, acuerdos con una latente amenaza para el ecosistema. Y el público, complaciente, no dimensiona que esas decisiones se planificaron desde administraciones judicializadas y sentenciadas por corrupción.


Es necesario que la sociedad empiece a tomar responsabilidad por los candidatos y gobernantes que sube al poder y que convierte en reinas de belleza. En una especie de mercado honorifico. Ya que las reinas están en segundo plano porque el poder ya no necesita la belleza de la mujer para su legitimidad sino que se la provee a sí mismo, a razón de aparecer en las portadas de las revistas y en la tv.
Las sociedades deben empezar a ser consecuentes con las dinámicas de transformación que debería ofrecer una estructura de poder horizontal, los cabildos, los espacios donde exista la voz y el consenso, lejos de legitimar candidatos que perpetúan el poder y sus intereses a través del tiempo, tendría que abrirse espacio a poderes consensuados, poderes igualitarios, poderes ecologistas, defensores de la infancia, la mujer, la juventud, los ancianos y las clases menos favorecidas. Ser gobernante es sinónimo de riqueza económica pero no de sabiduría. Ser gobernante es sinónimo de corrupción. Sinónimo de prebendas. Sinónimo de acabar con los recursos naturales. O dilapidar el erario público. El poder debe estar en manos de quien es digno de ocupar un cargo de servidor público; el elegido es casi siempre hombre, casi siempre rico, casi siempre “creyente y de buena familia”. El poder debe estar a cargo de personas, hombres o mujeres dignos de confianza. Pero cómo vamos a confiar en un gobernante, si lo elegimos por sus atributos físicos o económicos, por su propaganda,  si al igual que un champú, nos prometen la solución para la caspa, el brillo, la calvicie, la luminosidad, el frizz, el volumen, el envejecimiento prematuro, el color,  la porosidad, escogemos candidatos por aquello que puede leerse en la etiqueta o porque su slogan suena bonito. Pero nadie lee la letra menuda; el nivel de toxicidad.



Foto: Sebastián Meza 

La renovación a partir de gobernantes amorosos, dignos, creativos y entusiastas. Pero el mercado parece ofrecer más de lo mismo; más poder, más corrupción, más letalidad. La evolución debe sostenerse en la igualdad y el compromiso; no un solo gobernante sino un equipo, una construcción de país y soberanía a partir no del estereotipo del estadista venido a menos, sino de una estructura, la integración de líderes comunitarios y sus causas.

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